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Historia en Libertad

viernes, enero 02, 2009

Los albores de la Historia

Se llama Prehistoria al larguísimo período de la historia de la Humanidad que transcurre entre la aparición del hombre sobre la Tierra y los primeros documentos escritos.
La duración de la Prehistoria no es la misma para todos los países, pues mientras en algunos lugares de Asia ya se conocía la escritura unos 5.000 años a. de J.C., en la Península Ibérica, por ejemplo, no se llega a conocer hasta unos pocos cientos de años antes de Jesucristo. Y algunas tribus africanas o amazónicas actuales todavía no saben escribir: aún se encuentran en plena Prehistoria. Así, algunos términos como 'Edad de Piedra', 'Mesolítico', 'Neolítico', etc., no tienen un significado cronológico preciso, sino que se refieren a diferentes etapas de la civilización humana, que surgieron más temprano en algunas regiones y más tarde en otras.
El primer problema que se nos puede plantear al estudiar la Prehistoria es: ¿cómo sabemos de los hombres prehistóricos si no sabían escribir y, por tanto, no nos han dejado ningún documento escrito? Podemos estudiar la vida del hombre prehistórico mediante restos materiales que han llegado hasta nosotros sepultados en las cuevas o poblados donde vivieron, y que se denominan yacimientos. Piensa en la multitud de restos y objetos de todo tipo que pueden servir para este estudio: huesos humanos y de animales, utensilios de piedra o metal, armas, vasijas, pinturas, joyas. Para estructurar este largo período de la vida del hombre los prehistoriadores recurrieron, en primer lugar, al material con que se realizaban los objetos; y así surgió una primera división de la Prehistoria en Edad de la Piedra y Edad de los Metales. Pronto se dieron cuenta los prehistoriadores de que los utensilios de piedra se presentaban de dos maneras: de piedra tallada, que eran los más antiguos, y de piedra pulimentada.
A partir del año 10.000 a. de C., el progreso varió profundamente en las diferentes regiones de la Tierra, y por eso es imposible fijar el comienzo de la Edad de los Metales en tal o cual fecha, ya que no sobrevino de golpe en todo el mundo habitado. Es así como la Edad de Hierro se inicia en Asia Menor alrededor del año 1.200 a. de C.; en Italia, en el año 1.000 a. de C.; en China, en el 700 a. de C.; en Japón, en el siglo II de nuestra era; y en las islas Fiji, por ejemplo, en el año 1872, hace poco más de un siglo. Esto explicaría por qué se suele fijar el comienzo del Neolítico y la aparición de la agricultura en el año 5.000 a. de C., pese a que ya veinte siglos antes un pueblo agrícola vivía de forma sedentaria en las cavernas del Monte Carmelo, en Wadi-el-Natuf, en Palestina. Dos milenios antes de tiempo, por decirlo así, los habitantes de las cavernas de Natuf usaban hoces de sílice pulida con mango de hueso para segar, habían domesticado al perro y utilizaban recipientes y morteros de piedra. Por otra parte, los arqueólogos descubrieron una aldea en Jarmo, en las vertientes meridionales de los montes de Kurdistán, en Irak. Quince siglos antes de la fecha aceptada generalmente como el comienzo de la domesticación de otros animales al margen del perro, los habitantes de Jarmo vivían en una aldea de chozas de barro, poseían cabras, cerdos y ovejas domesticados y cercaban sus tierras: por otro lado, sus instrumentos eran de piedra tosca y no pulida, correspondiendo así a una cultura anterior al Neolítico. Aunque tal vez el descubrimiento más asombroso, y el mejor destinado a hacernos comprender que dentro del devenir histórico siempre surgieron islas de civilización que se adelantaron a su época, fue el que realizaron los arqueólogos en el año 1956, al descubrir a los pies de la antigua y bellísima ciudad de Jericó una completa ciudad con casas de piedra, calles empedradas, habitaciones alhajadas con muebles de madera y lujosos santuarios, que data del año 9.000 a. de C. Los dos mil habitantes de esa antiquísima urbe se habían anticipado en varios milenios al nivel
cultural de su tiempo, pero ignoraban la alfarería, típica de los comienzos del Neolítico. Sin embargo, poseían una religión compleja, en la cual se adoraban cráneos humanos, y realizaban intercambio comercial con otros pueblos que han desaparecido sin dejar huella: entre las ruinas se encontraron turquesas, conchas marinas y piedras labradas correspondientes a zonas lejanas, donde hace 11.000 años tienen que haber existido focos de civilización de los cuales no tenemos ninguna noticia.
La cultura Neolítica con todas su características, agricultura, domesticación de animales, alfarería, uso de textiles, llegó al valle del Nilo hace cosa de sesenta siglos. Una vasija del año 4.400 a. de C. nos muestra un telar idéntico al que se usó hasta la invención de los telares automáticos en el siglo XIX; las fibras de lino, la lana de los rebaños de ovejas se transformaba en telas que eran teñidas y estampadas. Con otras fibras se fabricaban redes, canastos, bolsas. Los rebaños eran a menudo objeto de asalto: por consiguiente, fue necesario perfeccionar las armas y dedicarlas no a la caza de animales, sino a la defensa de la propiedad amenazada. En ocasiones, el ladrón no era muerto, sino capturado: pagaba su delito entregando su vida y sus fuerzas al servicio del ofendido. Junto a la propiedad privada nacía la esclavitud. Plantar y cosechar, antes tarea de mujeres, se convirtió en labor varonil: ahora la tierra proporcionaba alimento y riquezas. La irregularidad del tiempo hizo que espíritus prudentes planearan guardar los excedentes de un año de buenas cosechas, para prevenir una sequía o una inundación futura: nacieron los graneros. Las periódicas salidas de agua del Nilo que cubrían sus márgenes de un limo fertilizante comenzaron a ser observadas y contabilizadas: apareció el calendario, y con él la división del tiempo en años y meses y las primeras observaciones astronómicas. Mientras los valles del Nilo y de la Mesopotamia servían de escenario de un acelerado desarrollo que pronto conduciría a la invención de la escritura, numerosos pueblos dispersos en los cinco continentes continuaban llevando una vida similar a la que llevaran sus antepasados durante los incontables milenios paleolíticos: sociedades nómadas en las que el hombre cazaba y la mujer recogía frutos silvestres. Hasta hoy, hay sociedades que se encuentran todavía en esa etapa de la evolución: los esquimales, los aborígenes australianos, los pigmeos del Africa Central, los habitantes de las islas Andamán, los onas de Tierra del Fuego. Estos últimos, que habitan los canales de la Patagonia austral desde 9.000 a. de C., ni siquiera usan vasijas para cocinar: asan su alimento sobre un fuego abierto, como lo hiciera el Hombre de Neanderthal hace casi cien mil años. Pero mientras el progreso se detiene en algunos rincones del globo, en otros se anticipa. Sumeria, la vieja capital del fértil valle iraquí, vivió en 3.500 a. de C. una verdadera revolución, de la cual nadie, ni sus propios habitantes, se dieron cuenta. Un desconocido peón discurrió colocar una rueda bajo la carga que arrastraba mediante cables de fibra vegetal: el roce desapareció, inventándose una de las bases de la civilización moderna. Pero nadie pareció captar la importancia de la rueda; que sólo sería conocida fuera de Mesopotamia, en la tierra de los faraones, veinte siglos más tarde, alrededor del año 1.650 a. de C. La escritura cuneiforme, sin embargo, inventada en el mismo período, fue rápidamente imitada y los sacerdotes del valle del Nilo idearon los jeroglíficos. El hombre registraba sus pensamientos, sus ideas, su historia, en trozos de piedras indestructibles: después de un millón de años de oscuridad arribaba la luz. Y con ella, una nueva serie de inventos que transformarían el rostro de la Tierra y la vida de sus habitantes.